“Poderosas canciones de nuestra añoranza”

Las hordas pardas de Hitler entraron en 1933 en las ciudades alemanas cantando canciones de guerra de Heinrich Anacker, hijo de un fabricante del cantón de Argovia.

“Si el Señor Anacker hubiera sido más modesto y se hubiera conformado con confiar sus versos al álbum privado de una doncella, hubiera sido un poeta perfecto”. Esa fue la crítica que el periodista y lírico Siegfried Lang emitió en 1924 sobre la colección de poesía “Auf Wanderwegen” [“Andando por los senderos”] publicada en la editorial Sauerländer en Aarau. Y seguramente nunca se hubiera imaginado que la renombrada editorial berlinesa Grote editaría en 1937 un tomo titulado “Von Klopstock bis Anacker. Deutsche Gedichte aus zwei Jahrhunderten” [“De Klopstock a Anacker. Dos siglos de poesía alemana”], ni que se comercializarían más de 180 000 ejemplares de los once tomos de poesía de Anacker publicados entre 1932 y 1943, o que dicho autor se convertiría en el lírico suizo de mayor éxito del siglo XX a juzgar por la cantidad de ediciones publicadas.

Miembro de la SA y poeta

El secreto de su éxito se llama nacionalsocialismo. Frustrado por las críticas destructivas que recibieron sus seis tomos de poesía publicados hasta 1931 –versos formales y convencionales sobre la juventud, el amor, la naturaleza y el senderismo– este poeta, nacido el 29 de enero de 1901 en Argovia como hijo de un fabricante, descubrió que sólo tenía que adaptar el mensaje de Adolf Hitler a un ritmo de marcha para entusiasmar a miles de seguidores y obtener de los grandes jefes nazis todas las ayudas imaginables a cambio de su adhesión a su ideología reaccionaria. Los versos de Anacker se publicaron encuadernados en lino rojo en la editorial Eher, perteneciente al partido, y a partir de 1932 las Juventudes Hitlerianas y las unidades de la SA marcharon por los pueblos y ciudades cantando canciones de Anacker como “Die Strasse dröhnt vom Eisentritt” [“La calle retumba con nuestros pasos de hierro”] o “Nun erst recht!” [“¡Ahora más que nunca!”]. El punto culminante fue la entrega del “Preis der NSDAP für Kunst” [“Premio al Arte del partido NSDAP”] en el Congreso de Núremberg de 1936 y el elogio de Alfred Rosenberg, quien anunció: “Como cantor de nuestro tiempo, Anacker nos ha animado una y otra vez con esas poderosas canciones de nuestra añoranza”.

En vista de tal nivel de protección, los críticos suizos prefirieron callar. Finalmente, el vergonzoso problema se solucionó por sí solo cuando Heinrich Anacker y su esposa Emmy, nacida Bofinger, decidieron por voluntad propia, el 11 de diciembre de 1939, dejar de estar sometidos al derecho civil de Argovia y de Suiza.

En el Reich, en cambio, este lírico politizado importado de Helvecia gozó de la simpatía del Führer casi hasta el final. Cuando empezó la guerra, vistió uniforme y participó en las campañas de Francia, Bélgica, Noruega y después también de Rusia. Su única obligación era describir lo que veía en forma de versos. Sólo cuando empezó a perfilarse la derrota, la Wehrmacht destruyó el absurdo idilio del poeta y destinó a Anacker al transporte de heridos. Pero la cabra siempre tira al monte: Anacker sobrevivió a sus protectores y en el campo de prisioneros de Ansbach empezó otra vez a escribir poemas, y llegó hasta el punto en que los soldados estadounidenses que lo vigilaban le pedían poemas escritos a mano para enviarlos a EE. UU. como muestras de la poesía alemana. Hasta su muerte el 14 de enero de 1971, Anacker vivió con su esposa Emmy, hija de un panadero de Zúrich, en Wasserburg en el distrito de Lindau –y siguió siendo un nacionalsocialista convencido, con la mirada vuelta hacia Suiza, al otro lado del Lago de Constanza.

Como solía hacerlo entre 1933 y 1943, este incansable escritor dictaba sus versos a una secretaria que guardaba las páginas mecanografiadas en formato DIN A5 en doce cajas de madera hechas especialmente para ese fin, en las que debían conservarse para siempre. Pero bastaba con tomar una o dos hojas para quedar convencidos de la total inutilidad de los banales versitos construidos siempre según el mismo esquema anticuado. No obstante, Suiza siempre fue un tabú para “poeta del frente nazi” debido a una extraña sensación de vergüenza.

En todo caso, Anacker nunca quiso tener nada que ver con los frontistas, aquellos suizos que proponían anexar Suiza a Alemania pues, según las palabras de su esposa, fallecida en 1984, Suiza era para él “algo especial que no se debe tocar”.

 

“He recorrido ciudades, grandes y pequeñas, Pero ninguna me dio un hogar como tú, oh Zúrich, Ninguna me hizo ver la bahía azul del lago como un regalo de paz divina. Muchas ciudades extrañas aún me llaman, Algunos pozos de otros lugares me deleitarán. Pero en el fondo de mi alma tendré nostalgia Por verte a ti, mi amada Zúrich.”

(Heinrich Anacker: “Zürich”, tomado de “Bunter Reigen”, Aarau, 1931, agotado)

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