Berna no está en la luna

Quienes gustan de la ciencia ficción conocen a Julio Verne (1828–1905), pionero de este audaz género literario quien describió lo que nadie supo describir en su tiempo: viajó en 80 días alrededor del mundo, llegó hasta el centro de la Tierra y voló a la Luna. Pisó nuestro satélite –por lo menos en su novela– en 1865, es decir, más de un siglo antes que el astronauta estadounidense Neil Armstrong.

De acuerdo con Julio Verne, desde la Luna la Tierra se veía unas veces “envuelta en una luz color ceniza”, otras como “una mancha oscura en un mar de rayos solares”. En esto Julio Verne no acertó. La Tierra se ha convertido entretanto en el “planeta azul”, debido a que la hemos visto desde el espacio. Por lo tanto, la investigación espacial cambia nuestra percepción de la realidad, como nos lo recuerda el primer alunizaje hace cincuenta años, que de alguna manera fue también un evento suizo: porque antes siquiera de clavar la bandera estadounidense en el suelo lunar, los astronautas del Apolo 11 llevaron a cabo un experimento de viento solar diseñado en la Universidad de Berna.

Desde entonces, la importancia de la investigación espacial suiza no ha dejado de crecer, como lo menciona el periodista bernés Dölf Barben en su artículo “Tema clave” de la presente edición. En otras palabras, los investigadores de Berna no están en la Luna, sino que continúan trabajando para cambiar nuestra percepción de la realidad, ya sea gracias a imágenes excepcionalmente nítidas de Marte o gracias a la búsqueda de exoplanetas.

Desde hace varios decenios y si dejamos a un lado las misiones espaciales del valdense Claude Nicollier, Suiza no se ha convertido en una nación de astronautas, sino de investigadores espaciales. Se investiga sobre todo en aras de nuevos horizontes, es decir, por la belleza del saber, del entendimiento y de la comprensión. Esta postura se contrapone tajantemente a la de quienes consideran los cuerpos celestes cercanos a la Tierra como potenciales fuentes de materias primas. Y se contrapone también a la de las superpotencias que se afanan en militarizar el espacio, como lo ha demostrado el rotundo fracaso de las conversaciones sobre desarme del espacio que se celebraron en Ginebra a principios de abril.

Lo que se comenta al respecto en Berna, es que sería mucho más útil resolver algunos problemas apremiantes en la Tierra. Y mejor aún, dejar las misiones tripuladas a Marte a los autores de ciencia ficción. Como afirma el físico bernés que participó en las investigaciones hace cincuenta años, “Marte está tan lejos que la mayoría de la gente ni siquiera sabe en qué parte del cielo se encuentra”. ¿Para qué, entonces, volar hacia allá?

Marc Lettau, redactor jefe

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