Cartas al director

Niños explotados: a pesar de la reparación hay cicatrices que no desaparecen

Me complace leer por fin un artículo sobre el trato que se les dio a algunos niños en Suiza. Es una vergüenza que hayamos actuado de esta manera hasta 1980. La historia de mi familia se parece a esto. Mi madre se casó en los años treinta y tuvo tres hijos: dos niños y una niña. Quedó viuda a principios de los cuarenta; por este motivo, el gobierno estatal o federal le quitó a sus tres hijos y no le permitió verlos. A mi medio hermano mayor sólo lo vi una vez, desde lejos. En cuanto a mi media hermana, yo tenía 15 años cuando la vi por primera vez. Mi otro hermano, cuando tenía 20 años y ya era mayor de edad, vino a vernos y le contó a nuestra madre cómo fue utilizado por ese campesino que le daba sidra cuando era niño y lo volvió alcohólico. Me alegro de haberme ido de Suiza en 1970.

Marie Saladin-Davies, Emu Plains NSW, Australia

A mi padre lo colocaron de niño en una familia y recuerdo lo feliz que estaba por esa decisión, al grado de que, cuando éramos pequeños, a menudo nos llevaba de visita a la familia de campesinos en la que había crecido. Personalmente, me parece ridículo gastar tanto dinero en indemnizaciones e investigaciones científicas. En aquel entonces las cosas eran muy diferentes: para muchos niños procedentes de familias pobres, como era el caso de mi padre, era la primera vez que tenían tres comidas dignas al día, un techo donde vivir y una cama para dormir, y además podían asistir a la escuela regularmente. Por supuesto que en esos tiempos de vacas gordas que ahora vivimos, en los que el mayor problema no es tener un plato lleno en la mesa, sino la batería del celular totalmente cargada, la gente no tiene idea de lo que significó vivir en Suiza durante dos guerras mundiales.

Othmar Vohringer, Columbia Británica, Canadá

A mí también, en lugar de tenerme en casa me colocaron durante algunos años en una familia: primero en Emmental y Rossemaison (JU), y luego en Merishausen (SH). A los padres no les costaba nada: creo que ése era el principal motivo. ¡Fueron tiempos difíciles a principios de mi segundo año escolar en Hasle-Rüegsau! A eso de las cuatro de la mañana había que preparar el pasto o el heno, arreglar el establo, para luego desayunar rösti comiendo de un plato compartido. A continuación había que recorrer un largo camino hasta la escuela de Sumiswald; a mediodía trabajar en el campo y quitar los gérmenes de las patatas para los cerdos; por la noche trabajar en el establo, y luego acostarse en una cama para dos. En Navidad nos daban dos francos y teníamos dos días libres. Los niños de la familia de acogida nunca tenían que trabajar y jugaban todos los días. ¡Eso sí que era duro! Es una época que no puedo olvidar ni asimilar. Hay muchos detalles que prefiero no recordar. Ni siquiera tengo fuerzas para registrarme como afectado.

Markus Lüttin, España

Es justo y conveniente que la Confederación abra por fin este expediente; pero lo que importa ahora, es agilizar el reconocimiento y el pago. Porque muchos afectados son ancianos con problemas de salud, y desean recibir el pago mientras todavía estén en vida. Cuando se trataba de colocar a los niños en una familia que los explotaba, esto no llevaba tanto tiempo. Cuando se piensa que con ello las autoridades destrozaron la vida entera de un niño, la indemnización no es más que una simple gota de agua en el océano.

Peter Mattle, Filipinas

Cito su artículo: “Hans Jörg Rüeggsegger, Presidente de la poderosa Unión Bernesa de Campesinos, ha comentado recientemente la reivindicación de Gäggeler con las siguientes palabras: ‘Yo no sé de ninguna granja que se sienta estigmatizada por el pasado’ ”. Si se dieran a conocer los nombres de las granjas que se beneficiaron de lo que realmente fue una mano de obra esclava, los campesinos y la “poderosa Unión de campesinos” quizá no se tomarían esta espantosa historia tan a la ligera.

Walter Lienhard, EE. UU.

Reservas en torno al aumento de la densidad urbana en Suiza

Ya no vivo en Suiza desde 1974. A través de este artículo veo que Suiza está teniendo los mismos problemas de densidad habitacional que aquí en los Estados Unidos. Me llena de tristeza ver que lo que otrora fuera un país rico por su verde campiña, sus paisajes bucólicos y sus bellezas naturales, ahora está en peligro y se considere un “problema” que el crecimiento urbano no pueda desarrollarse en las afueras de las ciudades. No debería ser un “problema”: al contrario, las autoridades y los urbanistas deberían esforzarse por proteger lo que hace a Suiza tan especial. La densidad urbana es un problema mundial que, de no detenerse, terminará por salirse de control y alterar la calidad de vida. Es algo que está ocurriendo en todos lados. Sólo puedo esperar que el dinero no se convierta en el factor decisivo a expensas de la belleza y la identidad de las ciudades y sus alrededores, y que Suiza avance con inteligencia construyendo áreas “verdes” densamente pobladas, sin destruir lo que aprecian no sólo sus propios ciudadanos, sino también sus visitantes.

Michele Engel, EE. UU.

Comments (1)
  • H.S. Robinson
    H.S. Robinson at 24.11.2018
    ich muss ja wirklich eine Ausnahme bettreffends "Verdings- Kinder" sein. Meine Eltern liessen sich scheiden, als ich 4 Jahre alt war. Ja, ich gestehe, es war nie alles ohne Angst und Trauma. Immerhin, ca. 1 1/2 Jahre später fand meine Mutter ein Pflegeheim, wo ich bleiben durfte bis ich aus der Schule kam. Meine Pflege-Mutter schaute eine besondere Geduld und Weisheit. Als wir dann mal als Erwachsene über jene Zeit sprachen, gab sie mir etwelche Beispiele, wo ihre Geduld richtig von mir geprüft wurde.
    Erstmals war ich unmöglich langsam, besonders bei den Mahlzeiten - meine ewigen Tagträumereien, bewährten sich auch auf dem Schulweg, beim Kommissionen machen, beim täglichen aufstehen etc., etc.
    Ihre Weisheit sprach sich auch aus, statt mir alle Schande zu erklären wenn ich vielleicht ein besonderes Geschirr brach, und sie nichts sagte bis ich fragen musste was sie denn eigentlich denke. Ihre Antwort: "Dir etwas sagen würde das Geschirr nicht flicken."
    Als sie per Zufall lernte, dass es viel einfacher war, mich mit meiner lieblings-Musik am morgen zu wecken als mich ewig zu rufen. Wenn ich jemals eine Dummheit trieb, warf sie keine Fluchsnamen gegen mich. Das schlimmste was ich je hörte war "Du bisch jitz es Tüpfi!"
    Natürlich waren da auch dunkle Seiten! Ich war ein sehr gestörtes und unruhiges Kind. Niemand ist perfekt; wir machen alle Fehler. Auch diese habe ich in Errinnerung. Dennoch, ich kann mich glücklich nennen, dass ich nun in meinen langen Jahren, während ich vielmals mit Jugendlichen arbeitete, nicht halb so schreckliche Erfahrungen gedulden musste wie es mir etwa bei andren Kinder seither beschrieben wurde.
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