“Me alegro de que la revolución no haya cuajado”

Hace cincuenta años parecía que en Suiza también había llegado el momento de cambiar el mundo de modo drástico. Fritz Osterwalder vivió los acontecimientos del 68 como marxista, antes de ejercer como profesor de pedagogía. ¿Qué ha quedado de todo aquello? A continuación, una conversación sobre errores y avances.

Fritz Osterwalder, 50 años después: “El liberalismo burgués era uno de nuestros más acérrimos enemigos, pero es la base de una sociedad democrática”. Fotografía de Adrian Moser

Osterwalder (segundo por la derecha) y otros miembros de la Liga Marxista Revolucionaria anuncian, en junio de 1975, que el Partido participará, en doce cantones, en las elecciones al Consejo Nacional. Fotografía de Keystone

El “motín del Globus” del verano de 1968 en Zúrich acabó en disturbios callejeros. Fotografía de Keystone

Señor Osterwalder, el 50.º aniversario del “68” es este año un gran acontecimiento. Para usted representa un capítulo de su biografía personal. ¿Cómo se siente uno cuando ve la propia juventud en el museo?

Uno se da cuenta de que ha finalizado una etapa en la que ha participado. Al mismo tiempo, uno hace balance de los acontecimientos.

¿Cuál es ese balance?

Consta de dos vertientes. Teníamos inquietudes: justicia social, igualdad de género, apertura social. En este sentido se han realizado importantes avances, el empeño ha merecido la pena. El segundo aspecto es que queríamos revolucionar la sociedad desde los cimientos con teorías del siglo XIX, las de tipo marxista, socialista, trotskista y similares. Nada resultó de todo ello, afortunadamente para nosotros.

¿Por qué “afortunadamente”?

En Suiza, nuestras ideas no tuvieron ninguna repercusión notable. En muchos países de América Latina fue distinto, allí se produjeron revoluciones marxistas, muchas de las cuales acabaron de forma terrible. Se cobraron vidas, al final incluso las de los propios marxistas. En ese aspecto, en Europa fuimos los privilegiados del movimiento del 68.

¿Esto se debió a que nadie tuvo que asumir la responsabilidad por el sueño de la revolución?

Sí, y más aún: personas como yo pudimos incluso hacer carrera en el sistema de educación pública, pasando de maestro a profesor universitario.

...en ese mismo sistema que, en el fondo, usted pretendía derrocar como marxista.

Exacto. Nuestras ideas eran tan fundamentalistas como rudimentarias, incluso ingenuas: democracia asamblearia, economía planificada. Podría haber acabado mal. Muy mal.

¿Quiere decir de forma antidemocrática?

Antidemocrática. Totalitaria. Caótica.

En 1968, apenas contaba 21 años. Entonces, ayudó a fundar la sección zuriquesa de la LMR (Liga Marxista Revolucionaria), la cual surgió de una escisión del Partido Comunista del Trabajo.

Sí, pero eso no sucedió hasta 1971. En un principio, en 1968 ocurrió algo distinto: un movimiento amplio, muy variado de inconformistas, es decir, de personas que estaban descontentas con el orden social y que manifestaban este descontento fuera de las estructuras políticas tradicionales y por ende, también fuera de las “viejas izquierdas”. De ahí que todo el movimiento abarcara más de un medio social determinado. Al grupo de los inconformistas también se sumaron personas que anhelaban una renovación de la literatura o del teatro. Por otro lado, había personas que deseaban una apertura del sistema educativo. Por último, estaban quienes permanecían totalmente ajenos a las cuestiones políticas.

¿Cómo se organizaba la gente en aquellos tiempos?

Nos encontrábamos en las manifestaciones, en los bares y en los grupos de acción que perseguían un objetivo determinado, como la solidaridad con Vietnam, el empoderamiento de los sindicatos o, como he dicho antes, la renovación del teatro. Asimismo, los grupos políticos estaban todavía muy poco cohesionados. En nuestra región de Turgovia, contábamos con una tertulia de estudiantes, alumnos y aprendices que se reunían para mantener debates, también con los representantes de la “antigua izquierda”.

1968 fue, por tanto, más que un movimiento estudiantil.

Yo era estudiante, pero no sólo estábamos comprometidos con las reformas estudiantiles, sino también con los aprendices o los trabajadores extranjeros en Suiza. Uno ya no se lo puede imaginar en la actualidad, pero en aquel entonces había en las afueras de Frauenfeld un vertedero, flanqueado por un pueblo de barracas, en el que vivían los trabajadores italianos, separados de sus familias que no podían acompañarlos hasta aquí. Así es cómo los trataba Suiza. Queríamos hacer algo para atajar esta situación.

La sensación de poder cambiar el mundo parecía unificar el movimiento, más allá de todas las diferencias.

Sí, esa sensación existía: ahora haremos todo de nuevo y mejor, sobre todo moralmente mejor. Lo moral estuvo muy presente en el 68. Algunos pequeños núcleos del movimiento procedían del Partido Socialista o del Partido del Trabajo. Sin embargo, la mayor parte provenía de los círculos eclesiásticos. Más solidaridad y justicia para el Tercer Mundo, para los trabajadores migrantes, para las mujeres: todo ello se fundamentaba en una sólida base moral.

¿Qué papel desempeñó la protesta contra la guerra de Vietnam?

Esta guerra hizo que muchos se politizaran, como también lo hizo la revolución socialista en Cuba, la lucha por la liberación de la Argelia ocupada por los franceses, pero también los movimientos disidentes en el bloque de Europa del Este. A través de estos acontecimientos adquirimos conciencia de la creciente resistencia contra el “imperialismo” y los regímenes de Europa del Este. Nosotros nos considerábamos parte de esta resistencia.

Así es como lo entendían también los representantes del orden establecido: las autoridades reaccionaron con represión frente a la protestas.

Sí, predominaba el clima político de la Guerra Fría, los archivos secretos y el espionaje. Aunque eso sólo era la mitad de la historia. La otra mitad era que estaban dispuestos a discutir con nosotros y ahondar en nuestras inquietudes, incluso entre las élites tradicionales.

¿De verdad?

También en las universidades reinaba una indudable apertura intelectual. Las direcciones universitarias y muchos profesores querían debatir con nosotros. Eso mismo lo experimenté más tarde como maestro. Impartí clases en una escuela profesional para sordos en Zúrich, nuestro director era presidente de una sección local de la UDC y, a pesar de todo, se sentaba conmigo una vez a la semana para debatir.

No obstante, a usted le prohibieron una vez ejercer su profesión…

Eso no fue así, no. En un instituto de enseñanza media de Winterthur, no fui elegido como maestro titular y perdí mi puesto como maestro por motivos políticos, pero sí que pude enseñar en otras escuelas públicas.

En 1979, usted afirmó en un libro que “en Suiza el camino hacia el socialismo consiste en derrocar el capitalismo, acabar con el poder que ejerce la clase capitalista sobre la gran mayoría de la población”.

Así es como lo formulamos entonces. Queríamos derrocar la sociedad burguesa, la propiedad privada de los medios de producción, queríamos una sociedad de iguales, de iguales en términos sociales y no sólo legales.

Los izquierdistas como usted se han abstenido de procesar críticamente su pasado, señaló “Die Weltwoche” en un artículo publicado hace diez años, con motivo del último aniversario del 68.

Como ya he comentado, me alegro de que aquella revolución no cuajara. Al mismo tiempo, me alegro de que muchas de nuestras inquietudes se hayan materializado. De hecho, ahora existe mayor igualdad de género, ha mejorado la situación de los trabajadores extranjeros en Suiza y se ha asegurado un plan de jubilación para todos.

¿Y qué hay del capitalismo?

Algunas de nuestras ideas siguen vigentes: por ejemplo, el peso del capital bancario que opera a escala mundial y que ha ocasionado, en el mundo occidental, la crisis de 2008. Hasta la fecha, sería interesante que nuestra sociedad controlara este poder de forma democrática.

Usted ha sido pedagogo y profesor de pedagogía a nivel universitario: ¿cómo repercutió el 68 en las escuelas?

Por un lado, el sistema educativo se abrió. Teníamos unos 36 alumnos en nuestra clase del instituto de bachillerato de Frauenfeld, de los cuales sólo cinco eran chicas. En la actualidad, hay más muchachas y jóvenes procedentes de las clases sociales más bajas en las escuelas de enseñanza superior. Por si fuera poco, los castigos físicos han desaparecido –pero no la autoridad, afortunadamente–.

¿Se declara, en la actualidad, políticamente liberal?

Sí, así es como lo denominaría yo: social-liberal. El liberalismo burgués era uno de los más acérrimos enemigos del 68, pero es la base de una sociedad democrática. Eso queda patente en la Rusia actual: sin liberalismo, una democracia se vuelve autoritaria.

Los actores del 68 crecieron en la sociedad del bienestar y del auge de la posguerra. Fue precisamente a esa sociedad y sus valores a los que les declararon la guerra. ¿No es esto paradójico?

No, diría más bien que es lógico. Quien tiene que preocuparse por sobrevivir no suele pasar su tiempo elaborando modelos alternativos, tal como lo hicimos entonces. Por el contrario, quien puede beber su cervecita y comer su filete, también puede reflexionar. Por ejemplo, sobre el hecho de que no existe el mismo bienestar en el Tercer Mundo. Es precisamente la existencia de tales contrastes, lo que puede despertar la conciencia ante las cuestiones de justicia social.

Su partido RML se denominó a partir de 1980 Partido Socialista de los Trabajadores (SAP). Ganó algunos escaños en ciertos cantones y municipios, además de lanzar una iniciativa nacional encaminada a garantizar una formación profesional, la cual fue rechazada tajantemente en 1986. En 1987, el SAP desapareció y muchos de sus miembros se adhirieron a los Verdes o al Partido Socialista.

Sí, por mi parte seguí siendo miembro del SAP hasta el final, pero después no me adherí a ningún otro partido, porque me interesaba más mi quehacer científico. Sin embargo, sigo sintiéndome comprometido con muchas de nuestras reivindicaciones.

¿Como cuáles?

La democratización, precisamente en materia económica, la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, o la seguridad social.

Daniel Di Falco es periodista del periódico Der Bund e historiador

Fritz Osterwalder

Fritz Osterwalder, nacido en 1947 en Frauenfeld, estudiaba en 1968 historia y literatura alemana en Zúrich. En la actualidad, es conocido especialmente por sus investigaciones sobre las relaciones entre las ideas pedagógicas, la religión y el Estado. Se hizo famoso, en particular, por su mirada crítica respecto a las «expectativas sanadoras» que la sociedad dirige a la escuela, así como en cuanto al «culto» en torno a los reformadores de la pedagogía, como Montessori, Steiner o Pestalozzi. En 2012, Osterwalder se jubiló como profesor universitario del Instituto de Ciencias de la Educación de la Universidad de Berna, donde había trabajado desde 2000. Con anterioridad, impartió clases de pedagogía en Karlsruhe y fue maestro, así como periodista, en Zúrich y Winterthur.

DDF

1968: más que alborotos y escándalos

¿1968? Actualmente, los historiadores prefieren hablar de los “años 1968”, refiriéndose así al hecho de que los acontecimientos —también ocurridos en Suiza— no se limitaron a un solo año. A modo de ejemplo están los alborotos que se produjeron durante el concierto de los Rolling Stones en el Hallenstadion de Zúrich, en abril de 1967; la ocupación del seminario de docencia de Locarno, en marzo de 1968; los disturbios callejeros de Zúrich, en junio de 1968 (el famoso “motín del Globus”); la gran manifestación de mujeres en la Plaza Federal (“Marcha sobre Berna”) en marzo de 1969; o la polémica exposición de Harald Szeemann “When Attitude Becomes Form”, en la galería de arte Kunsthalle Bern, en marzo/abril de 1969. El movimiento del 68 se sublevaba contra las autoridades tradicionales y exigía autodeterminación, justicia y solidaridad. Asimismo, durante las protestas, que acapararon todos los titulares, se vislumbró una evolución más amplia: supusieron la culminación de un cambio social que ya había iniciado en 1965 y que duró algo más de un decenio. Se percibió en el creciente número de divorcios, de títulos universitarios o el aumento del empleo femenino. Asimismo, tanto el bienestar como la cultura juvenil y los medios de comunicación crearon una dinámica que chocaba cada vez más con aquellos valores conservadores que habían marcado el clima de la posguerra en Suiza. De ahí que se iniciase una modernización social, la cual se abrió camino en las protestas del 68 y acabó cuajando en reformas políticas, aunque también en una amplia liberalización de las normas sociales: desde la unión de hecho hasta el peinado, pasando por el consumo de cultura, se multiplicaron las formas aceptadas de vivir. En realidad, mucho de lo que damos por sentado en la actualidad tuvo sus inicios en aquellos “años 68”.

DDF

Comments (6)
  • Greg Kaser
    Greg Kaser at 22.03.2018
    As a Swiss of a similar generation to Professor Osterwalder but living in Britain I remember the events of that time well. In Cambridge in the late 1970s we pushed the University to start child care for staff and students through petitions, marches and occupations. The radical movement was democratic, socialist and feminist. I disagree with Fritz that if there had been a revolution it would have been undemocratic, chaotic and totalitarian. The revolutions in Russia and China took place in societies with very deep poverty and oppression and were opposed violently by internal and external forces that were recognizably fascist. There is no reason to suppose that the same trajectory would have been followed in Europe.
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  • Martin Scheidegger
    Martin Scheidegger at 22.03.2018
    Ja, ja, grosses Mundwerk heute, damals bist Du vierte Reihe gewesen...
    Beste Grüsse,
    Gogo 1968
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  • E
    E at 24.03.2018
    Switzerland
    One of the foremost democracies left!
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  • Denys Perrin
    Denys Perrin at 26.03.2018
    "de nos jours, il constitue le fondement d’une société démocratique"
    Curieuse - et bien pauvre - argumentation a contrario qui consiste à justifier en une seule ligne le bien fondé du libéralisme avec l'affirmation (simpliste et manichéiste) que l'anti-libéralisme n'est pas démocratique, sans apporter une quelconque autre explication. L'exemple est celui de la Russie, bien entendu, pour rester dans le conformisme bien douillet de la bonne presse occidentale.

    Désolé M. Osterwalder, vous êtes resté COMPLETEMENT marxiste dans votre dialectique.

    Je vous signale au passage que la Russie vient de se sortir brillamment d'une période de massacres, de terreur et de persécutions sur 70 ans (!!!). Sur ce plan-là elle n'a de leçons à recevoir de personne en économie, surtout quand elle réussit encore à trouver de bonnes solutions pour contrer des sanctions économiques stupides, qui ont pénalisé par ailleurs bien plus qu'on croit de corporations et entreprises occidentales, demandez donc aux agriculteurs français ce qu'ils en pensent.

    " je n’ai ensuite rejoint aucun parti, parce que mes travaux scientifiques m’intéressaient davantage"

    Courageux ... mais pas téméraire, quand il s'agit de préserver vos intérêts personnels.

    Cordialement,
    DP
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  • Gil Viry
    Gil Viry at 27.03.2018
    La droite libérale n'a pas beaucoup de souci à se faire et peut dormir tranquille quand on lit dans cet article ce qu'il reste du combat politique d'un ancien de 68 suisse. Est-il utile de rappeler que, selon une étude d'Oxfam, les 62 personnes les plus riches du monde ont autant d'argent que la moitié la plus pauvre du monde, soit environ 3,5 milliards? Peut-être qu'il serait tout de même bon de revisiter la pensée de Marx, sans pour autant la réduire au communisme autoritaire russe.
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  • Michèle Anthis
    Michèle Anthis at 27.03.2018
    Pan metron ariston...disaient les grecs de l'antiquité. Que tout se face, mais en mesure. Finalement c'est ça la clé de la vraie Démocratie, il faut donc bien balancer les ingrédients, pour que la soupe soit bonne. Et aussi paradoxal que ça puisse paraître, il a fallu que certaines idées du LMR puissent passer pour équilibrer les droits sociaux, pour éviter que le régime ne devienne trop rigide et incongru face aux besoins de la société.
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