Directores de orquesta nacidos en Suiza, aclamados en el mundo entero

Las grandes orquestas suizas suelen ser dirigidas por franceses, británicos o italianos. Pero tres directores de orquesta suizos han alcanzado fama mundial: Charles Dutoit, Philippe Jordan y Lorenzo Viotti.

Lorenzo Viotti ganó en 2015 el prestigioso galardón “Young Conductors Award”.

Pronto dejó de vivir a la sombra de la todopoderosa figura de su padre, Armin: Philippe Jordan, de 43 años.

El “Gran Maestro” Charles Dutoit en su elemento, aquí en una foto de 1999. Photos Keystone

Ahora que, en estos meses, la mejor orquesta de Suiza, la de la Tonhalle de Zúrich, busca un nuevo director, la pregunta de si el candidato debería ser suizo carece evidentemente de importancia. El director actual es francés. Y enfrente, en la Ópera de Zúrich, el director que lleva la batuta es italiano. En Basilea, en Argovia y Ginebra los directores son británicos, el de San Gall es holandés, el de Lugano alemán. Por su parte, la orquesta de Lucerna es dirigida por un estadounidense y un italiano. Sólo los directores titulares de la orquesta de Bienne/Soleura y de la orquesta de Berna son suizos.

¿De verdad son tan pocos los directores de orquesta suizos? O acaso ¿no se les da ninguna oportunidad? ¿No debería esto ser motivo de preocupación? No nos dejemos engañar por una rápida ojeada a la situación que prevalece dentro de las fronteras. Porque cabe preguntarse: ¿Quién dirige las mejores orquestas en el mundo y ha logrado que una formación de segunda categoría alcance fama mundial? El suizo Charles Dutoit, de 81 años. ¿Quién, además de dirigir la Orquesta Sinfónica de Viena, capital mundial de la música, es actualmente director musical de la Ópera de París? El suizo Philippe Jordan, de 43 años. ¿Y quién está haciendo una carrera meteórica en el mundo de los directores de orquesta, ampliando con fineza e inteligencia sus conocimientos sobre orquestas? El suizo Lorenzo Viotti, de 27 años.

Una confianza en sí mismo atípica

¿Es atípico para un suizo comportarse como Lorenzo Viotti, nacido en Lausana, que en todo momento demuestra a quien tiene enfrente su seguridad en sí mismo y es consciente de su propio talento? En cualquier caso, lo que es sorprendente y poco común es que Viotti, además de conocer muy bien sus puntos fuertes, ejerce una autocrítica implacable, casi masoquista. Sin embargo, se protege de las críticas externas y hace todo lo que sea necesario para que los músicos de la orquesta noten lo importantes que son para él. Lo demás viene por sí solo, no le cabe la menor duda.

Este visionario de la música estudió percusión en Viena, porque quería estar sentado atrás entre los timbales de la orquesta, para analizar la psicología de los músicos. Estudió canto, porque quería sentir y comprender lo que necesita un cantate de ópera. Cantó en el coro para comprender cómo respiran los cantantes. Y pasó horas escuchando los ensayos de las orquestas dirigidas por los grandes maestros, poniéndose en el lugar de Georges Prêtre o Mariss Jansons, y después de tres horas estaba tan agotado como el “auténtico” maestro que dirigía la orquesta. Y cuando un día dirija las mejores orquestas, lo hará sin temor: “El estrado es el único sitio en el que me siento verdaderamente en casa. Naturalmente, me electrizo desde la primera nota; pero lo que siento no es miedo, sino impaciencia. Quiero ver por fin los ojos de los músicos... y soltarme”, dice. “Es el momento más grandioso de mi vida”.

Lorenzo Viotti está muy a menudo en el candelero desde que fue galardonado con el premio Nestlé and Salzburg Festival Young Conductors Award, el verano de 2015. Y para esto, un joven director de orquesta tiene que prepararse. Pero Viotti conoce muy bien ese mundo. Su padre fue el famoso director Marcello Viotti. Su madre era la que siempre decía: “Lorenzo será director de orquesta”. El padre era más escéptico, temía que su apellido fuera un lastre demasiado pesado para su hijo. Afortunadamente, hoy Lorenzo puede decir que era demasiado joven para copiar a su padre. No le gusta recordar a su padre como director; se vio mucho más influenciado por otras figuras prominentes en el mundo de los directores de orquesta.

El temor a ser “el hijo de”

El director de orquesta suizo Philippe Jordan, de 43 años, vivió una situación similar. Después de ser asistente de su padre, Armin Jordan, se distanció muy rápidamente de él. Durante mucho tiempo evitó trabajar en Zúrich, porque no quería ser el “pequeño Jordan”, en otras palabras: el hijo de Armin. Llegó incluso a rechazar el prestigioso puesto de director titular de la orquesta de la Ópera de Zúrich que le ofreció Alexander Pereira. “Para mí era muy importante seguir mi propio camino. Pero Suiza era demasiado pequeña para eso, y la presencia de mi padre demasiado asfixiante”, confiesa Jordan. Ahora, de vez en cuando hace una pequeña excursión a Zúrich para escuchar la orquesta de la Tonhalle. Pero quien dirige una orquesta en metrópolis como París y Viena y es invitado a dirigir orquestas clasificadas entre las diez mejores del mundo, ya no siente la necesidad apremiante de volver a su ciudad natal.

En Zúrich, cuando hacía cola ante la caja reservada a los estudiantes, llamaban la atención su madurez y su seriedad. Ya con 16 años llevaba chaquetas de cuadros como las de los directores de 80 años. Apenas terminados sus estudios, Jordan empezó efectivamente a formarse como director de orquesta de la ópera, con una pasión e intensidad con la que pocos disfrutan (o sufren) tanto. La suya no tenía nada que ver con las carreras de las estrellas catapultadas a las más altas esferas gracias a la publicación de CDs y el trabajo de los departamentos de marketing. Además de confiarle la dirección de la orquesta, su padre consideraba que su hijo debía saber cómo funcionaba todo desde abajo: lo que significa estar sentado al piano las ocho semanas que duran los ensayos de la ópera; o saber si a uno le sigue gustando “Don Giovanni” de Mozart después de haber ensayado cien veces con los cantantes los mismos pasajes.

Y cuando se le pregunta por su entonces trío de mentores formado por Jeffrey Tate, Daniel Barenboim y su padre, inmediatamente corrige diciendo que fueron cuatro: “Mi principal mentor fue la Orquesta Filarmónica de Viena”. Para Jordan, sólo puede ganar quien es muy exigente consigo mismo. En sus propias palabras: “El secreto está en el trabajo con ese animal en parte indomable: la orquesta”. ¿Cómo ensayar con los mejores? ¿Qué hay que exigirles para que den lo mejor de sí mismos? Una y otra vez se hacía estas preguntas. La formación duró varios años. Para Jordan, este trabajo era parte de su formación, mientras que otras jóvenes estrellas lo consideraban ya como un objetivo en sí mismo.

Tampoco Lorenzo Viotti tiene miedo a las grandes orquestas, pero todavía está aprendiendo con orquestas más pequeñas y enfatiza con orgullosa serenidad que tiene todo el tiempo del mundo para hacer carrera. “Que la gente respete o no mi decisión, se trata de mi vida. No se puede dirigir la Orquesta Filarmónica de Múnich a los 25 años. Es una trampa. Psicológicamente es muy negativo, y todavía más desde el punto de vista musical. Si uno a los 25 años dirige la Orquesta Filarmónica de Viena o a los 30 ya ha grabado todas las sinfonías de Mahler, ¿qué puede hacer a los 50? ¿Y a los 70? ¿De dónde sacaría yo la fuerza y la curiosidad?” Por eso llegó a rechazar ofertas de personajes ilustres y dirige en Lausana, Jena o Niza –si bien de vez en cuando sucumbe a la tentación de dirigir grandes orquestas, como la Concertgebouw de Ámsterdam–. ¿Quién rechazaría conducir un Ferrari si sabe perfectamente cómo hacerlo?

Un cosmopolita suizo

A su vez, Charles Dutoit ha vivido todo lo que Viotti tiene por delante, y pese a ello su profesionalismo y su encanto siguen cautivando a cada orquesta y a todo tipo de público. Su elegante naturalidad es contagiosa: tras adentrarse en las simas de grandes sinfonías, en la última secuencia, aún lleno de energía, no duda en volverse hacia el público para decirle con un ademán de la mano: “¿Lo veis? ¡Así es de fácil!”

Dutoit nació en Lausana en 1936 y fue haciendo carrera hasta 1973 en Berna y Zúrich, después el mundo se abrió a sus pies –y él se abrió al mundo–. En 1977 fue nombrado director musical en Montreal, logrando que su orquesta, entonces de segunda categoría, alcanzara fama mundial; paralelamente dirigía tres orquestas de primerísima categoría. Grabó docenas de discos, algunos de los cuales (Berlioz y Debussy) siguen siendo referencia. Desde Londres y París pasando por Tokio, Dutoit recorrió el mundo entero. Este cosmopolita habla incluso japonés.

Supongamos: si la orquesta de la Tonhalle de Zúrich tuviera que elegir entre estos tres directores de orquesta para nombrarlo director titular, no cabe duda de que escogería a Dutoit. A pesar de su edad, quien lo ve tan distendido moverse con paso ligero sobre el estrado, con su chaqueta de smoking blanca, se olvida rápidamente de este “detalle”. Un día, quizá los zuriqueses digan también: ¡Qué lástima no haber elegido a Lorenzo Viotti en 2019 como director titular. Pero las orquestas del mundo entero, desde Tokio hasta Nueva York, se alegrarán de esta decisión.

Christian Berzins es crítico musical del “NZZ am Sonntag”

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