El Mont Blanc forma parte del imaginario suizo

La silueta del Mont Blanc les resulta familiar a los suizos de habla francesa. Allí inventó el suizo De Saussure el alpinismo. Y el nuevo refugio del Goûter es obra de dos helvéticos.

El refugio del Goûter, de los arquitectos Hervé Dessimoz y Thomas Büchi, a 3 835 metros sobre el nivel del mar.

En Ginebra, los turistas que bajan por la Rue du Mont-Blanc hacia el lago pueden ver, en un día despejado, cómo se alza frente a ellos la mole inmaculada y redondeada de una montaña que destaca entre todas: ¡el Mont Blanc, por supuesto! Más allá, en dirección a Lausana, sobre las colinas que dominan el lago Lemán, guiña el ojo a los terrícolas la gran cumbre que el científico ginebrino Horace-Bénédict de Saussure se propuso conquistar en el siglo XVIII. “Desde Bussigny, donde vive mi mujer, la vista al Mont Blanc es grandiosa”, declara el guía de Valais, Jérôme Terrettaz, que ha coronado su cima quince veces, siempre con la misma emoción y el mismo placer pese a la gran concurrencia de turistas que allí se dan cita. Con una altitud de 4 808 metros, atrae cada año a 20 000 personas, de las cuales sólo la mitad consigue coronar la cima.

“Cuando uno llega a este mirador, puede contemplar en los alrededores todo lo que ya ha escalado: es como un resumen del pasado. También se hacen proyectos para el futuro”, continúa este montañero de 43 años, que ha vivido en estas pendientes aventuras inesperadas con sus clientes. Una vez, un hombre de Vaud bien entrenado se quedó sin fuerzas a escasos 200 metros de la cumbre. En otro caso, un cliente sin experiencia alcanzó la cima fresco como una rosa; era la primera vez que escalaba una montaña de 4 000 metros. A veces la culpa del fracaso la tiene el estrés, otras el mal de montaña, el frío o el esfuerzo. “Allá arriba el viento, las temperaturas, son diferentes de las de cualquier otra montaña de los alrededores. Es como si se tratara de otra capa atmosférica”, puntualiza el guía de Vaud, Yoann Burkhalter. Cada año, en la ruta habitual, llamada ruta del Goûter, pierden la vida entre dos y cinco personas por temporada, de acuerdo con la Escuela Nacional Francesa de Esquí y Alpinismo.

Un aura igual a la del Cervino

Por su posición familiar y su elevación sobre el paisaje, el Mont Blanc ejerce sobre los habitantes de la región del lago Lemán una atracción o una fascinación similar, quizá, a la del Cervino. “Desde la orilla del lago se ve que este lugar elevado pertenece a otro mundo”, comenta Yoann Burkhalter. En el programa de Passe Montagne, la agencia de guías en la que trabaja, no puede faltar el ascenso a esta cumbre. “Ponemos especial énfasis en el Mont Blanc, como la haríamos con el Cervino, porque es un referente en la carrera de un alpinista”, asevera este joven guía. El ascenso a esta montaña a menudo se prepara en Suiza. “Un itinerario clásico para prepararse es ascender al refugio francés Albert 1er para, a continuación, dormir en la parte suiza, en la cabaña del Trient, haciendo un recorrido por la región, por ejemplo al Aiguille du Tour”, señala Jérôme Terrettaz. Obviamente, los suizos no confunden el Mont Blanc con ninguna de sus cumbres de 4 000 metros.

A diferencia de los italianos, quienes consideran que la frontera italo-francesa pasa por la cima, los franceses opinan que este pico les pertenece en exclusiva. “Los mapas suizos dicen lo mismo; sin embargo, los italianos no”, subraya Burkhalter. Digan lo que digan los mapas, lo cierto es que el Mont Blanc permea el imaginario suizo.

Para las agencias de escalada de la Suiza francófona, esta cima es parte de su negocio. “En verano, cada dos o tres días aproximadamente hay gente que acude para este ascenso”, comenta Nicolas Fouchereau, responsable de Passe Montagne en Ginebra. La tienda de la agencia alquila anualmente entre 40 y 50 equipos completos para escalar el Mont Blanc, incluidos piolets, cascos, crampones y zapatos. Hay quien decide equiparse de pies a cabeza y no son pocos los clientes principiantes. Es la paradoja de esta montaña: fácilmente accesible gracias al tranvía del Mont Blanc y situada cerca de Suiza, atrae a un enorme flujo de alpinistas, una parte de las cuales no posee las capacidades para un ascenso que se considera técnicamente fácil, aunque no necesariamente fácil de llevar a cabo. “De todos los fracasos, un tercio de las personas no llega a la cumbre por razones físicas, otro por falta de entrenamiento o de aclimatación y un último tercio por las condiciones meteorológicas”, resume el guía francés, Daniel Traber, socorrista de montaña durante 20 años. “Es una locura pensar que se puede coronar el Mont Blanc en un día [saliendo del Aiguille du Midi: nota de la redacción] gracias a los remontes mecánicos, ya que tan sólo la subida a la cabaña de la Dent Blanche dura seis horas”, compara Terrettaz. Así pues, cuando se encuentra a guías franceses en esta cima suiza, le dicen que este rincón les parece “agradable y tranquilo”. Burkhalter compara el ascenso al Goûter con el “túnel del San Gotardo del alpinismo”, sin por ello negar su belleza ni el mito que lo rodea. Asismismo, recuerda su importancia en la historia del deporte: “Fue Gaston Rebuffat [un célebre alpinista francés: nota de la redacción] quien dijo que De Saussure había inventado el alpinismo mirando al Mont Blanc desde Ginebra. Esta montaña ejerció una fuerte atracción sobre el científico. Y la enorme curiosidad que despertó fue el motor de muchos otros descubrimientos.”

Una cabaña suiza en la ruta habitual del Goûter

Encaramada a 3 835 metros sobre los hielos del Aiguille du Goûter, la nueva cabaña del mismo nombre es obra de dos suizos, los arquitectos Hervé Dessimoz y su socio, Thomas Büchi. Inaugurado en 2013 en un clima de altercados entre el ayuntamiento de Saint-Gervais y el Club Alpino Francés, el refugio se vendió como el súmmum de la tecnología y la ecología. Sin embargo, no está exento de críticas. Un ejemplo es el sistema de evacuación de aguas residuales, que desprende un intenso mal olor desde que uno se aproxima a la cabaña. “Está mal diseñado”, opina el guía suizo Burkhalter. “El exceso de afluencia al Goûter, donde llega gente sin reservar, sobrecarga el sistema”, considera el guía francés Daniel Traber. “Hay que tomar en cuenta que aquí viene gente que no sabe que debe quitarse los crampones antes de subir las escaleras”, subraya el guía de Valais, Terrettaz. Sin embargo, las críticas que llueven sobre el refugio del Goûter como, por ejemplo, el reducido tamaño del vestíbulo, son quizás inevitables. “El desafío que supone la afluencia al Goûter, tanto a la propia ruta como al refugio, es único en los Alpes”, reconoce Burkhalter. Por lo demás, la cabaña del Goûter, con sus bellas estructuras de madera, sus ingeniosos y agradables dormitorios y su autonomía energética, seguirá siendo un auténtico logro arquitectónico.

¿Pero cómo preparar el ascenso al Mont Blanc?

La clave es hacer marchas con grandes desniveles de alrededor de 1 500 metros y dormir a grandes altitudes, pero de forma progresiva. Las cumbres suizas fáciles, como el Weissmies, el Bishorn o, incluso, el Breithorn, a menudo se coronan a modo de entrenamiento. ¿Y el Mont Blanc? Una buena fórmula es llegar allí en tres días. El primer día se sube a la cabaña de Tête-Rousse (a 3 167 metros) desde la última parada del tranvía del Mont Blanc (+ 800 metros de desnivel). El segundo día se asciende al Mont Blanc (+ 1 700 metros en total) y se pasa la noche en el Goûter. El tercer día se regresa al valle. Esta opción tiene dos ventajas: no dormir a demasiada altitud el primer día y atravesar muy temprano el corredor del Goûter, llamado corredor de la muerte, para minimizar el riesgo de desprendimiento de rocas.

Hay que contar con que la compra de un equipo completo puede costar unos 2 000 francos. Coronar la cumbre con una preparación de una semana con un guía suizo cuesta 3 600 francos, todo incluido, indica Yoann Burkhalter.

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