Aventura y emoción en la casa solariega suiza de Charlie Chaplin

Inaugurado en abril en la propiedad de Corsier-sur-Vevey, donde el genio británico residió desde 1952 hasta su muerte, el museo Chaplin’s World ofrece una incursión íntima en su vida. Un estudio permite asimismo realizar una exploración lúdica de su obra.

Charlie Chaplin, como se le conoce y se le aprecia, en la película “El chico”, de 1921. Foto Keystone

En el estudio uno se encuentra en el universo de películas famosas como “El gran dictador”, de 1940.

En la casa solariega se puede observar el despacho del actor tal y como estaba en los años 1970. Fotos: Chaplin's World

Chaplin’s World abrió sus puertas en Corsier-sur-Vevey el 16 de abril, fecha del cumpleaños del creador de Charlot. Este espacio, a la vez lugar de recuerdo y estudio interactivo, ocupa un terreno de 4 hectáreas donde destaca la casa solariega de Ban. Esta mansión, construida en el siglo XIX, fue readquirida por Charlie Chaplin a finales de 1952. Allí, él y su mujer, Oona, educaron a sus 8 hijos y vivieron hasta el final de sus vidas. “A la inauguración asistieron sus hijos Michael y Eugene. Observé cómo veían películas de su infancia en este mismo lugar; fue un momento emocionante, como cuando abrimos juntos una caja sellada que contenía trajes de Charlot”, cuenta Annick Barbezat, del equipo de Chaplin’s World.

Para todos los que han crecido viendo películas de Chaplin, la visita de la casa solariega, donde tres habitaciones han sido renovadas para devolverles exactamente el aspecto que tenían en los años 70, es impresionante. Exploramos el despacho del actor, su biblioteca, sus notas de trabajo para escribir su biografía, sus proyectos de guiones, entre ellos el guión gráfico de “The Freak”, una película que nunca se realizó. En el salón, cuyas ventanas dan a un maravilloso parque con las montañas del Chablais al fondo, uno se imagina el ambiente de los encuentros del maestro con invitados como Michel Simon, Serge Reggiani o Yul Brynner, con quien se le ve jugando a la petanca delante de la casa. Allí, sobre el piano, está una foto de la pianista Clara Haskil, dedicada al padre de Charlot. La artista venía siempre aquí a tocar.

En el dormitorio se ha instalado una vieja televisión a los pies de la cama. “Allí murió Chaplin, y a veces la gente llora cuando descubre la habitación”, dice Barbezat. En el comedor, donde el clan se reunía cada tarde a las 18:45, se proyectan películas familiares. Muestran la mesa llena de comensales, animada por el patriarca con trucos de magia, ocurrencias, muecas: el caballero canoso que vemos en la pantalla nos recuerda que era un maestro de las emociones sin palabras. Por cierto, se le oye decir en un archivo de la ceremonia de los premios Óscar en 1972, en la que él mismo recibió el famoso premio: “Las palabras parecen tan frágiles”.

La casa solariega de Ban, la región vinícola de Vaud, los pueblos tan coquetos de la Riviera: el universo suizo de Chaplin, país en el que pasó 25 años de su vida y en el que al parecer fue feliz tras su exilio de Estados Unidos, impuesto en 1952 por una acusación de pro comunismo cuando viajaba por Europa. “Cada vez apreciamos más Suiza”, escribe en una carta fechada en 1954, revelando en otro escrito haber pasado en Corsier-sur- Vevey los años más bonitos de su vida.

A Chaplin no parece disgustarle demasiado el hecho de que su casa esté situada justamente por encima de un campo de tiro, el de Gilamont, una situación que las autoridades locales no llegaron a regularizar. En películas o fotos se ve al creador participar en la vida local. Mantiene ciertos hábitos en el pueblo y cada año va al circo Knie, en Vevey, cuya orquesta toca siempre en su honor la música de “Candilejas”. Sin embargo, este actor, músico, guionista, realizador, productor, nunca logró aprender francés. “Soy un imbécil a la hora de aprender francés”, dice en una de las instalaciones de la casa solariega. La casa también muestra momentos más tristes, como la depresión de Chaplin tras el fracaso de su última película “La condesa de Honk-Kong”, de 1967.

Los Chaplin de cera

Además del descubrimiento del parque, la otra parte de la visita está dedicada al estudio: un amplio espacio cerrado y con dos niveles, amenizado por una treintena de maniquís de cera, creadas por Grévin International. Hay que esperar unos minutos a la entrada del estudio, pero no es una pérdida de tiempo, ya que una pantalla proyecta películas mudas de Chaplin, con las que los visitantes se parten de risa. El espectáculo comienza en una sala de cine, con una magnífica película de diez minutos, sin “voz en off”. Después se levanta la pantalla y los visitantes se encuentran inmersos en decorados de un callejón pobre del Londres de finales del siglo XIX. Allí vemos una réplica en cartón piedra del universo que conocieron el pequeño Charlie y su hermano, Sidney, antes de que le quitaran la custodia a su madre. También es la copia fiel de los decorados creados para las películas de Chaplin. Y ahí tenemos también la habitación de “El chico” (1921). Más allá, el visitante pasa ante la fachada de la tienda cerrada de un “Jew”, parte de una escena de “El gran dictador” (1940). Sentada sobre una tapia baja, la florista ciega de “Luces de la ciudad” (1931) sonríe, mientras una pantalla proyecta la escena en la que, una vez recuperada la vista, reconoce a su bienhechor –Charlot– sólo por el contacto con sus manos. “You!”, era el sobrio comentario del cartel de esta película muda en ese momento de clímax dramático.

Sorprendentemente realistas, los maniquís de cera de Grévin representan materialmente a Charlie Chaplin y a su universo presente. En ciertas situaciones, uno llega a confundir los maniquís con personas reales e incluso al contrario. Los jóvenes allí presentes estaban muy risueños. El estudio invita asimismo al público a situarse en el universo de este creador. De este modo, uno puede sentarse en el sillón del barbero judío de la película “El gran dictador” y hacerse una foto afeitándose con su maquinilla de afeitar. También se puede uno poner el uniforme con cruces negras y la gorra del dictador Adenoid Hynkel, curiosear por la cabaña colgante sobre el vacío de “La quimera del oro” (1955), con Charlot agazapado, muerto de miedo, bajo la mesa, o imitar la pose de la imagen de las ruedas dentadas de “Tiempos modernos” (1936).

Atención a los detalles históricos

Todo el recorrido, además de ser divertido, “se ha realizado con un afán de exactitud del 200 %”, insiste Annick Barbezat. Por ejemplo, se descubre que, aparentemente, Hitler vio la película consagrada a su personaje, en proyección privada para él solo. “La primera vez que vi a Hitler con su bigotito, pensé que quería imitarme y aprovecharse de mi éxito”, escribe en sus memorias el “padre” de Charlot, no sin añadir que si él hubiera sabido algo del genocidio judío, no habría rodado ese largometraje. Menos dramática es la parte del estudio dedicada a los montajes de películas de Chaplin. Como las primeras películas realizadas gracias a sus esfuerzos eran improvisadas, descubrimos una secuencia en un restaurante que no conduce a nada. Entonces a Chaplin se le ocurre una idea. Pone en escena a un Charlot galante con su Dulcinea, pero que no tiene dinero para pagar la cena. Así crea un clima de tensión. “La cinta es barata, pero las ideas son muy valiosas”, opinaba este creador.

Stéphane Herzog es redactor de “Panorama Suizo”

Un museo nacido de una pasión por Chaplin

La idea de abrir Chaplin’s World se debió a un arquitecto de Vaud, Philippe Meylan, que conocía los miembros de la familia Chaplin, y a un museólogo de Quebec, Yves Durand, al que el primero logró convencer, cuenta Annick Barbezat, responsable de comunicación. En el momento de lanzar el proyecto, hace unos quince años, la casa solariega de Ban estaba desmoronándose. Eugene y Michael Chaplin se habían mudado allí tras la muerte de su madre, Oona, fallecida en 1991; sin embargo, la gestión de la propiedad se había complicado mucho. El arquitecto y el museólogo lograron el apoyo de los ayuntamientos y del cantón e incorporaron a su proyecto a dos inversores: la sociedad luxemburguesa Genii Capital y Grévin International, el actual gestor. El coste de la operación asciende a 60 millones de francos, indica Annick Barbezat. Los días de gran afluencia, puede atraer hasta 2 000 personas. “Charlie Chaplin es una marca muy fuerte y positiva”, dice muy contenta la responsable de comunicación, que cifra la afluencia de público en unas 300 000 personas durante el primer año de explotación.

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