El viejo y su valor

En el Mundial de Fútbol en Brasil, Ottmar Hitzfeld hará su última gran aparición. El entrenador de la selección nacional de fútbol de Suiza es uno de los entrenadores con más éxito del mundo entero. Sólo algo se le resistió a este alemán: superar el abismo entre la sed de triunfar y el miedo a fracasar.

Ottmar Hitzfeld anunciando su retirada

Prácticamente sólo el fútbol dominó la vida de Ottmar Hitzfeld durante más de 40 años

«Señor Benthaus», dijo Hitzfeld, «Señor Benthaus, quiero preguntarle si podría asistir a un entrenamiento de prueba en el FC Basel, si es que tienen algo así». Al otro lado de la línea, Helmut Benthaus probablemente estaría frunciendo el ceño, porque no conocía a este hombre, a este joven jugador del pequeño club de fútbol FV Lörrach, criado en Stetten, justo al otro lado de la frontera. Pero después de dos, tres secuencias de discreta autopublicidad, Hitzfeld había convencido al exitoso entrenador del FCB, Benthaus, que le concedió la oportunidad de asistir a un entrenamiento de prueba, un día de primavera del año 1971. Hitzfeld tenía 22 años. Llegado el momento de esta oportunidad única, recorrió el breve trayecto en un pequeño escarabajo (VW) hasta llegar al otro país. Llegó con mucha antelación, pues quería ver primero el ambiente del nuevo entorno y hacerse una idea del lugar. Por su parte, Benthaus no necesitó mucho tiempo. Le bastaron un par de impresiones durante el entrenamiento para comunicarle a la cúpula del club que a este joven había que darle un contrato.

42 años después, otoño de 2013. El Don Nadie futbolístico ha acuñado la marca «Hitzfeld», un entrenador internacional ganador de la Champions League con el Borussia Dortmund (1997) y el Bayern de Múnich (2001), y que con la selección nacional suiza se ha asegurado la calificación para el Mundial de 2014. Para la directiva de la Asociación Suiza de Fútbol (ASF) está claro: este hombre, entre tanto algo mayor, necesita un nuevo contrato. El 16 de octubre de 2013, dos altos funcionarios de la ASF se sientan con él a una mesa, con buenas y no infundadas esperanzas, pero Hitzfeld dice tajantemente: «¡Lo dejo!» Tras el Mundial en Brasil quiere dejar el fútbol, es inútil insistir. El 17 de octubre de 2013, Hitzfeld anuncia su retirada en público. Casi se le caen las lágrimas, dice que necesitó mucho valor para dar este paso. Y, como si quisiera justificar esta decisión – ante el público y no menos importante, ante sí mismo – afirma: «Es importante marcharse cuando uno está en plena forma».

La vida ha dejado huellas

Y si bien la marca Hitzfeld es sinónimo de éxito, de sucesión de títulos, también lo es de consunción. Porque a diferencia de otros entrenadores de su calibre, no lo guarda en absoluto en secreto. Su cuerpo no disimula las señales. Los otros encanecen o sencillamente les empieza a clarear el pelo: José Mourinho se parece a George Clooney, Josep Guardiola parece un rapado asceta satisfecho de sí mismo. Pero los surcos profundos como cráteres en la frente de Hitzfeld parecen gravados a fuego. Cuanto más importante es el inminente partido, más profundas son las arrugas, visible señal de lo mucho que le importa su vida como entrenador. Sobre todo la Liga Alemana, que nunca deja tiempo a los compañeros del equipo para quedarse unos minutos en un pequeño escarabajo y hacerse una idea del lugar cuando están en un sitio nuevo.

En 1991, Hitzfeld pasó de ser entrenador del club zuriqués Grasshoppers al Borussia Dortmund. Hubo alemanes que se rieron de él y vieron en él a un pequeño suizo. Es cierto, cuando era pequeño iba a nadar a la piscina de Riehen y de compras a Suiza – pero en realidad era uno de ellos. Al principio muchos alemanes no querían saber nada de todo eso. Hitzfeld tuvo que luchar para ser aceptado y lograr una aprobación que otros no tuvieron que ganarse gracias a su fama como futbolistas – y no pocas veces cayeron pronto en el olvido al no tener éxito como entrenadores.

En esos momentos, cuando tiene algo que demostrar, se revela su impulso de autoconservación. Parece un perpetuum mobile: desde 1983, cuando estaba en el SC Zug, un equipo de segunda división, al comienzo de su carrera de entrenador, corría, corría y corría. Hitzfeld era un joven padre de familia, el Presidente del club un constructor colérico, y Hitzfeld lo sabía: nadie se acuerda de entrenadores que fracasan ya en el primer lugar donde lo intentan. Hitzfeld no podía fallar en ningún sitio, ni en Zug ni en Aarau ni con los Grasshoppers. Y su impulso de autoconservación lo ayudó también en Dortmund a dejar de lado la nostalgia y suscitar inmediatamente grandes sensaciones. Después convirtió al Dortmund en un equipo cada vez mejor, en el paisaje de cráteres de su frente empezaron a perfilarse los primeros contornos. Y cuando en 1994 sufrió un lumbago, Hitzfeld pensó que tenía que superarlo durante el estrés de la vida cotidiana de la Liga Alemana con inyecciones de cortisona. No se permitió ningún tiempo de reposo – hasta que los efectos secundarios de la cortisona le produjeron una perforación intestinal. «Estuve al borde de la muerte», dice Hitzfeld en la biografía de Josef Hochstrasser, publicada en 2008.

No del todo en forma

Tras seis años en Dortmund, Hitzfeld recibió en 1997 una oferta del Real Madrid, pero a 48 años, estaba agotado. A él, que es un gran comunicador pero no un talento lingüístico, le dieron miedo las «grandes dificultades» del idioma español y decidió que «no estaba lo suficientemente en forma ni física ni psíquicamente para empezar algo nuevo». Así que se recluyó en su puesto de Director Deportivo del Dortmund. Y una vez dijo que necesitó mucho tiempo hasta «más bien disfrutar de poder dormir mejor y encontrar paz interior». Pero aún más dramáticos suenan sus relatos del año 2004, cuando no se sintió aliviado hasta que el entonces gestor de Bayern, Uli Hoeness, le comunicara una tarde que pensaba rescindir prematuramente el contrato tras cinco temporadas y once títulos. El propio Hitzfeld era consciente de que estaba al límite de sus fuerzas. «Sufría enormes insomnios. No me recuperaba, ya no podía diferenciar claramente en qué problemas debía concentrar toda mi atención. Ya no sentía alegría de vivir, cualquier acción, por pequeña que fuera, me resultaba difícil, por las mañanas no me quería levantar y vivía únicamente en mi propio mundo».Lo sorprendente es que un ser humano se deje convencer una y otra vez para sentarse en el banco de los entrenadores, pese a tanta autorreflexión. Una razón podría ser que en el caso de Hitzfeld no sólo es el impulso de autoconservación lo que lo caracteriza, sino asimismo su espíritu lúdico. Es un jugador nato que no siempre quiere ganar únicamente, sino que por lo general también es inteligente y calculador. A principios de los años ochenta, cuando su carrera activa en el FC Luzern estaba finalizando, empezó a tener fama como jugador de póker. Se dice que cada vez que le tocaba ir a jugar una partida por la tarde, dormía dos horas antes para estar más despierto que sus compañeros. Hitzfeld siempre quiere controlar la situación. Muchos periodistas lo han acompañado muy de cerca durante muchos años – pero prácticamente nadie lo conoce bien. No le gusta hablar de su vida privada. Pero quien lo escucha atentamente siente a veces una discrepancia que lo agota y caracteriza su vida: por un lado está su indomable sed de triunfo, y por otro, en realidad algo incompatible con ella, sus inexpugnables temores al fracaso. Hitzfeld ha tenido tanto éxito como muy pocas otras personas, y sin embargo siempre ha pensado que tenía que demostrar una y otra vez su valía – como si no bastara lo logrado, incluso aunque fuera lo máximo.Como última nota cínica elegida por él mismo se podría mencionar que, muy probablemente, este exitoso hombre no ganará el último juego de su carrera. Ni con el mayor optimismo se puede esperar que los suizos se proclamen campeones del mundo en Brasil. O no superarán la fase de grupo – o serán derrotados en las subsiguientes eliminatorias. Al respecto Hitzfeld opina: «Ya veremos. Los octavos de final son la gran meta. Si nos preparamos bien, damos lo mejor de nosotros mismos, no habrá límites». Hitzfeld no se ablanda. Conserva hasta el final lo que le ha acompañado toda una vida: la esperanza de no perder – porque las derrotas disminuyen la alegría de vivir.Cuando en 2007 el FC Bayern le preguntó angustiado si podría ser otra vez entrenador, Hitzfeld dijo sin titubear «sí» – y justo entonces se dio cuenta de que se había engañado a sí mismo. Sabía que habría llegado a otra conclusión si se hubiera tomado tiempo para reflexionar, porque si lo hubiera hecho la conclusión habría sido: Bayern, nunca más.En el otoño de 2013 reflexionó durante mucho más tiempo, y nadie lo supo. No quería que nadie le influyera, no quería oír consejos bienintencionados, ni provocar displicentes intentos de convencerle. Simplemente quería escuchar su voz interior, a su mujer, a su cuerpo, a su alma. Viajará a Brasil, las arrugas de la frente se harán aún más profundas, se sentará aún un par de veces en el banco de los entrenadores suizos, perderá una última vez, y se despedirá, para nunca más volver. Ha conseguido abjurar de una adicción. Le falta valor para encararla una vez más.

BENJAMIN STEFFEN es redactor del «Neue Zürcher Zeitung»

Una vida muy agitada

El sucesor de Ottmar Hitzfeld será Vladimir Petkovic, de 50 años, un entrenador que durante mucho tiempo se movió en la periferia del fútbol suizo. En 1987 llegó de Sarajevo al FC Chur, de segunda división; en los años siguientes jugó y entrenó en regiones tanto geográfica como futbolísticamente periféricas: en el Valais, los Grisones y el Tesino. Durante unos años, este entrenador con doble nacionalidad suiza-croata trabajó además paralelamente como asistente social, hasta que en 2008 el club bernés «Young Boys» le diera la oportunidad de ser entrenador en un club de la primera división suiza (Super League). Varias veces estuvo a punto de ganar un título. En 2013 consiguió que el club de primera división Lazio Roma se alzara con la Copa. BSN

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