El mundo electrificado

¿Cómo fueron lo años comprendidos entre 1900 y 1914? ¿Y podemos imaginarnos esa época como una fase en que reinaba el entusiasmo por la técnica y el progreso, como si la Guerra Mundial no hubiera existido? El Museo Nacional en Zúrich dedica una exposición a ese período.

«Como si hubiera presentido el siniestro destino que le esperaba, el infeliz inventor dudó mucho hasta lanzarse al vacío». Esto es lo que se lee en la película, en letras muy grandes – pues se trata de una película muda, como todas en aquella época. Así que tampoco se oye el impacto con el que acaba el espectáculo de Franz Reichelt, y con él su vida, sobre el césped ante la Torre Eiffel, en la madrugada del 4 de febrero de 1912. 

También se ve la larga vacilación de este austriaco desde el bordillo del mirador de la famosa Torre. Subido al pretil y embutido en su traje de paracaidista hecho por él mismo, mira hacia abajo, se inclina hacia adelante y hacia atrás, y delante del bigote pueden verse las pequeñas nubes de vapor formadas por su respiración, que ascienden en el aire invernal, hacia adelante y hacia atrás, una y otra vez. Quizá esté pensando, sopesando la idea de demostrar a los reporteros invitados la idoneidad de su invento – luego, desaparece del borde inferior de la imagen. La caída libre , de 57 metros, dura 4 segundos. Otra cámara lo filma a distancia – parece una piedra arrastrando a la tierra un banderín ondulante. Luego aparecen los gendarmes, transportando apresuradamente entre la multitud el cuerpo sin vida, antes de medir con un metro plegable el agujero que Franz Reichelt ha dejado en el suelo helado: 10, quizá 15 cm de profundidad. 

Se puede ver en Reichelt un nuevo Ícaro, pero también un hijo de su época. En los años posteriores a 1900 reina una embriaguez de velocidad y peligro, se eleva a los pilotos a la categoría de héroes, y es que incluso en aparatos con tecnología más sofisticada que la del traje de Reichelt, cada vuelo es una aventura que puede desembocar en la muerte.

Al fondo de la exposición del Museo Nacional Suizo (Landesmuseum) de Zúrich hay una hélice quebrada colgada, que pertenecía al monoplano del pionero de la aviación, Theodor Borrer, de Soleura, que el 22 de marzo de 1914, durante una exhibición aérea en Basilea, pereció durante una maniobra de vuelo en picado. Se le había advertido del peligro; exactamente como a Franz Reichelt, que saltó dudando pero con los ojos abiertos. 

En el salto de Reichelt se reconoce sin dificultad su carácter simbólico. Y es que ¿no era el mundo de entonces de algún modo como Reichelt? ¿No estaba impulsado también por la fe en el poder del progreso imparable? ¿No se precipitó asimismo el mundo, locamente al vacío, pese a los malos auspicios, en busca de aventuras y de forma tan trágica el verano de 1914, a la Primera Guerra Mundial, con sus cerca de 20 millones de muertos?

 Sin largas sombras

«1900–1914: Expedition ins Glück» (Expedición hacia la felicidad). Así se titula la exposición sobre un mundo que despunta. La psiquiatría descubre el inconsciente, los científicos lo invisible. Los artistas se liberan de corsés estéticos y las mujeres, de roles de sexos. En los grandes almacenes florecen los paraísos del consumo, las imágenes aprenden a andar, la comunicación se hace inalámbrica, la vida se acelera, el mundo se globaliza. Y los aspectos negativos que también conllevan estos rapidísimos cambios, produciendo irritación y caos, queda claro en los mundos opuestos: vegetarianos, nudistas, antropósofos y otros reformistas vitales se instalan en su mundo encapsulado. 

Para ver mejor se puede ejercitar el olvido: «Imagínese que pudiera ver los años de 1900 a 1914 sin las largas sombras proyectadas al futuro, como momentos vivos en toda su complejidad y contradictoriedad», dice Philipp Blom. Este historiador y escritor escribió hace seis años el libro «Der taumelnde Kontinent» (El continente tambaleante), que tuvo una gran acogida. Es una historia de la cultura de los años anteriores a la Primera Guerra Mundial, tan gráfica como opulenta, que sirvió de modelo para la exposición en Zúrich. Quien no haya leído el libro, ahora podrá, por así decirlo, recorrerlo. Y quien no puede ir a Zúrich, hace, como lector, la misma experiencia: contempla una mezcolanza densa y colorida, poco convencional y singular de impresiones de una época turbulenta, difícilmente abarcable y por eso mismo fascinante.

Mucho más que la «Belle Epoque»

¿Entonces para qué experimentar con lo desconocido? Blom quería corregir la imagen de aquella era. Por una parte porque no se trataba de la jovial «Belle Epoque» de las películas costumbristas, aquel mundo de porcelana en el que la modernidad no se introduciría hasta estallar la guerra: los coetáneos ya estaban tan excluidos como perturbados por los cambios radicales y los desarrollos tecnológicos. Por otra parte tampoco se hace justicia a los años anteriores a 1914 viéndolos sólo como la «preguerra» y buscando únicamente lo que podría considerarse un motivo o un factor desencadenante de la guerra. «Considerando las numerosas y a menudo contradictorias eras, los acontecimientos se habrían podido desarrollar también de forma muy diferente,» escribe Philipp Blom. Se trata de ese «futuro abierto» del que también hablan los creadores de la exposición. 

Y hasta aquí todo es perfectamente plausible. Sólo el olvido no resulta tan fácil. En la vitrina se ve un aspirador eléctrico de la marca Fox, de cien años de edad – el reluciente tubo metálico sobre las dos grandes ruedas parece un cañón. Y en otra sección se expone el «Manifiesto del futurismo», escrito en 1909 por el italiano Filippo Tommaso Marinetti. En él, el artista no sólo celebra la belleza de la técnica, justamente, sino también el machaqueo de las máquinas y el bramido de los motores: «Queremos glorificar la guerra, el militarismo, el patriotismo, las ideas bonitas por las que se muere».

«… una buena guerra»

¿Se puede afirmar seriamente, como se lee en la exposición, que hasta el estallido de la guerra, prácticamente nadie vio venir la catástrofe que se avecinaba? También en nuestro país hubo quien sí lo hizo, como el periodista de la Suiza francesa Richard Bovet, que en 1911 escribió: «Creo que necesitamos una guerra, una buena guerra». Y en la misma época el Banco Nacional pensaba ya seriamente cómo garantizar el abastecimiento del país en caso de guerra, como puede leerse en el libro de Georg Kreis (véase la página 19).Efectivamente, hacía ya tiempo que la rivalidad cada vez más enconada entre las potencias europeas había preparado el camino, convenciendo a la gente de que sólo las armas podrían regular claramente las cosas. Si bien es cierto que se pensaba que el comercio internacional unía de tal manera a las naciones que ya no era posible que estallara una guerra, también había gente como Friedrich Engels, teórico social y compañero de Marx, que ya en 1887 había vaticinado una «guerra mundial de una extensión y un encarnecimiento hasta ahora desconocidos»: «entre ocho y diez millones de soldados se matarán mutuamente». Por tanto, es discutible la afirmación de los autores de la exposición cuando hablan de «la fe ciega en la paz y la seguridad», que al parecer reinaba por aquel entonces. Por otra parte, se puede aplicar a la exposición lo mismo que al libro de Blom: lo principal no es el análisis sino las impresiones, que por cierto son más que suficientes, considerando que hay 500 objetos expuestos sobre sensaciones y los enfados de aquellos años, que no configuran un trayecto lineal, sino un tornasolado caleidoscopio asociativo. La interpretación de los sueños según Freud y la radiografía de un camaleón, una camisa de fuerza y el «Titanic», feminismo y música dodecafónica, aparatos para hacer gimnasia y el genocidio del Congo belga, Einstein y las fichas de busca y captura de anarquistas buscados, latas de conservas y el Monte Verità, la Exposición Universal de París de 1900 y el explorador polar Xavier Mertz, de Basilea, que murió el 7 de enero de 1913 en los hielos de la Antártida, posiblemente por la monótona alimentación que ingería, tras empezar a comerse, tanto él como su compañero de expedición, sus perros de trineo – una época muy emocionante, efectivamente. Cuando se habla de «sumergirse» en el pasado, o de la «atmósfera» de una era, a los historiadores se les ponen los pelos de punta, y no sin razón. Al fin y al cabo todavía no se ha inventado la máquina del tiempo: el presente siempre es el prisma a través del que se muestra la historia, y como sucede en cada era, entre 1900 y 1914 no sólo se encuentran fenómenos típicos del cambio y el nuevo comienzo, sino asimismo del estancamiento y el retroceso. Aun así, uno percibe el «tambaleo» (Blom) frente a un cambio acelerado, una de las muchas experiencias de los coetáneos de entonces, tanto en la exposición como en el libro de Blom.

Daniel Di Falco es historiador y periodista ­especializado en temas culturales del «Bund» en Berna

NOTAS:Philipp Blom: «Der taumelnde Kontinent. Europa 1900–1914» (El continente tambaleante), en alemán; DTV, Múnich, 2014 (quinta edición). 528 páginas; CHF. 21,90. La exposición en el Museo Nacional de Zúrich, con un programa general con numerosas actividades, podrá visitarse hasta el 13 de julio. www.landesmuseum.ch. El libro de acompañamiento ha sido publicado por la editorial Scheidegger & Spiess, 204 páginas, CHF 39.–.

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