“El hombre que se atrevió a hablar abiertamente de libertad e igualdad”: Jean-Jacques Rousseau

Este genial precursor vivió siempre como marginado, pese a ser la fuente de inspiración, como ningún otro, del concepto actual del mundo.

Dos veces, en 1938 y 1990, figuró en los lujosos tomos de los “grandes suizos”: se trata de Jean-Jacques Rousseau, nacido el 28 de junio de 1712 en Ginebra y fallecido el 2 de julio de 1778 en Ermenonville, cerca de París. Pero el país que hoy tanto se vanagloria de él despreció al hombre que hizo posible la libertad democrática como pionero de la Revolución Francesa; lo rechazó totalmente, mostrando una actitud hostil hacia él. De los 66 años que vivió, sólo pudo pasar 19 en tierras de la actual Suiza. El resto del tiempo fue lo que hoy en día llamaríamos un suizo del extranjero, si no fuera porque era constantemente perseguido o reclamado por la justicia. 

A los 16 años huyó de Ginebra a Saboya y vivió 14 años, protegido por Madame de Warens en Annecy. Formado principalmente en el ámbito de la música, en 1742 se mudó a París, donde presentó a la Acadmia una nueva notación musical. Como secretario del ministro plenipotenciario francés vivió dos años en Venecia, luego otra vez en París, donde trabajó como preceptor y copista de notas y empezó una relación con la lavandera Thérèse Levasseur, que duró toda una vida y que le valió cinco hijos. 

El camino del éxito le abrieron los dos premios del certamen de la Academia de Dijon: en 1749, con el “Discurso sobre las ciencias y las artes”; en 1755, con el “Discurso sobre la desigualdad”. No obstante, el efecto más duradero fue el de la obra que escribió en 1762, el “Contrato social” que empieza con las palabras: “El hombre nace libre pero en todas partes se encuentra encadenado”. Dicho texto fue inmediatamente censurado por su crítica a cualquier tipo de religión. La misma suerte conoció su novela educativa “Emilio”, publicada el mismo año y escrita durante los seis años anteriores en nobles propiedades de los alrededores de París. La única novela que pudo circular libremente fue la publicada en 1761,  “Julia o la nueva Eloísa”, que entusiasmó hasta los círculos más lejanos e inspiró a Goethe para escribir “Las desventuras del joven Werther”. “Emilio” fue quemado públicamente en París y en Ginebra. Asimismo, Ginebra quemó el “Contrato social” y dictó una orden de detención contra este impío autor. 

Rousseau huyó a Yverdon, después a Môtiers, donde Federico el Grande le concedió asilo. Hasta que Berna los expulsara, pasó el otoño de 1765 en la península de San Pedro, en el lago de Bienne, estudiando su flora. En 1766 huyó a Inglaterra, donde empezó a escribir su radicalmente sincera autobiografía “Las confesiones”. Desde 1768 volvió a vivir en Francia, en parte de incógnito como Jean-Joseph Renou, desde 1770, tolerado por las altas autoridades debido a su creciente renombre, incluso otra vez en París, donde escribió hasta 1775 el diálogo autobiográfico “Rousseau, juez de Jean-Jacques”, que quería depositar en el altar de “Notre Dame” porque temía nuevas persecuciones, pero donde le negaron el acceso. La última obra que escribió antes de que en 1778 sufriera un ictus en Ermenonville fue “Ensoñaciones del paseante solitario”, en las cuales hacía una vez más una retrospectiva de su azarosa vida. 

En 1794, 16 años después de su muerte, el nuevo régimen revolucionario triunfante trasladó sus restos mortales al Panteón, donde el Presidente de la Convención Nacional proclamó: “Debemos a Rousseau este saludable resurgimiento; él vio a los pueblos de rodillas, encorvados bajo los cetros y las coronas, y se atrevió a hablar abiertamente de libertad e igualdad”.

charles linsmayer es filólogo especializado en literatura y periodista en zúrich

“El primero a quien se le ocurrió decir ‘Esto es mío’, después de cercar un terreno, y halló personas lo suficientemente sencillas para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, muertes, miserias y horrores habría ahorrado al género humano el que, arrancando las estacas o arrasando el foso, hubiera gritado a sus semejantes: ‘¡Guardaos de escuchar a ese impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son para todos y que la tierra no es de nadie!’“

Extracto de “Discurso sobre la desigualdad”, 1755

Bibliografía: las principales obras de Rousseau están disponibles en alemán y en francés, en numerosas ediciones.

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